27 oct. 2016

Sacrificio




En ocasiones, no soporto que me follen a cuatro patas. Cada puyazo se convierte en una puñalada. Mis jadeos acaban siendo de puro dolor. Pero para el macho significan una recompensa a su buen hacer.

El último que me cubrió de esa manera, al oírme gritar, me cargó su peso a la espalda y mis piernas cedieron. Su polla no paraba de perforar mis entrañas mientras resistía como podía el aplastamiento. No tenía fin. Cuando le pedí que parara de una puta vez, se corrió en una sacudida lenta, escuálida. A la hora de irnos, me confesó que le había gustado lo mucho que yo había disfrutado.

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