El delegado de finanzas se me ha insinuado ayer por la tarde, al término de la reunión.
Estaba poniendo bien firme la costura trasera de mis medias cuando, sin cortarse un pelo, ha clavado su tarjeta de presentación en mi regatera.
“No olvides hacerme una visita, sabré recompensarte.”
Y con la misma cara de sádico que pone al hablar de los balances trimestrales me ha concedido un virtuoso juego de manos por encima del vestido.
Me la guardo, nunca se sabe.






